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El abogado y el testigo en las arenas...

El abogado y el testigo en las arenas movedizas del enfrentamiento

Óscar FERNÁNDEZ LEÓN

Abogado

Diario La Ley, Nº 4, Sección Legal Management, 8 de Marzo de 2017, Editorial Wolters Kluwer

LA LEY 2484/2017

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Resumen

La práctica del interrogatorio del testigo, y muy especialmente del contrainterrogatorio, constituye uno de los mayores retos del abogado durante la práctica del acto del juicio. Ello es lógico pues, interrogar, muy especialmente al testigo cuya declaración evacuada previamente no favorece nuestro planteamiento, requiere un alto grado de preparación. A tal dificultad se añade la variedad de testigos a los que puede enfrentarse un abogado como son los testigos falsos (voluntarios o involuntarios, expertos, colaboradores con la justicia, menores, ancianos, testigos hostiles, etc.), diversidad que exige una especial técnica para afrontar el correspondiente interrogatorio. En este contexto, no es extraño presenciar durante el contrainterrogatorio cómo el abogado entra en abierta discusión, polémica o conflicto con el interrogado, situación ésta que, a todas luces, constituye un grave error por parte de aquel que, como veremos, provocará una sustancial merma del efecto que pretende su interrogatorio.

I. A MODO DE PRECISIÓN

Con carácter previo a abordar el objeto de nuestra colaboración, es preciso introducir un matiz conceptual imprescindible para una mejor comprensión del trabajo. En tal sentido, y en relación con la práctica del interrogatorio de testigos hemos de distinguir dos modalidades bien definidas: el interrogatorio directo, que es aquel que realiza una parte procesal al testigo que sostiene una versión propicia de los hechos (a modo de ejemplo, el que realiza la acusación a la víctima y, de otro lado, el que realiza la defensa al acusado); y el contrainterrogatorio, que es aquél al que somete una parte procesal al interrogado que mantiene una versión de la historia contraria a los intereses de quien interroga (a contrario sensu, el que realiza la acusación al acusado y la defensa a la víctima). En interrogatorio directo precede siempre al contrainterrogatorio.

Pues bien, partiendo de este contexto procesal, las conductas que a continuación examinaremos se circunscriben al denominado contrainterrogatorio, modelo éste en el que suelen producirse la mayoría de las interacciones emocionales entre interrogador-interrogado, frente al interrogatorio directo, en el que este tipo de incidencias es prácticamente nulo y, en su caso, excepcional y anecdótico. En todo caso, cuando empleemos el término interrogatorio nos referiremos a la modalidad del contrainterrogatorio.

II. ¿QUÉ HEMOS DE CONSIDERAR EL ENFRENTAMIENTO DEL ABOGADO CON UN TESTIGO?

El enfrentamiento del abogado con el testigo durante el interrogatorio podría describirse como aquella situación en la que interrogador e interrogado se ensalzan en una lucha sin cuartel, vertida de una maraña de dimes y diretes superpuestos, preguntas interrumpiendo respuestas y respuestas interrumpiendo preguntas; una batalla tan hostil, desorganizada e incomprensible que, en el fragor de la lucha, hace que el significado de la evidencia útil se vea superado por la discontinuidad del relato, la repetición del examen directo, el tedio de una discusión estéril y la defensa a ultranza de sus respectivas versiones que, a poco andar, produce que quienes están escuchando pierdan la atención en lo que está acaeciendo durante el interrogatorio. (Baytelman y Duce).

A la vista de esta definición, podemos extraer las conductas que, desde la perspectiva del abogado, caracterizan o generan el enfrentamiento con el testigo (1) :

  • Empleo de agresividad a la hora de dirigirse al testigo, elevando exageradamente el tono de voz, tratándolo con rudeza o desconsideración.
  • Uso del sarcasmo para la realización de las preguntas o para comentar las respuestas ofrecidas por el testigo.
  • Tono ofensivo (degradar, ridiculizar o insultar) al testigo.
  • Interrumpir la respuesta del testigo para introducir una pregunta o una aseveración opuesta al sentido de la respuesta que se ha interrumpido.
  • Entrar en discusión con el testigo sobre el objeto de la respuesta, convirtiendo el interrogatorio en una disputa entre ambos.
  • Amedrantar o intimidar al testigo con amenazas de acciones posteriores o de la advertencia de cualquier perjuicio como consecuencia del testimonio que están prestando.

Lógicamente, estas actitudes suelen provocar una reacción del testigo que, a su vez, alimenta la confrontación. En otros casos, quizás los menos, el testigo se mantiene sereno, y el letrado queda aislado perseverando en un enfrentamiento, más estéril si cabe.

III. ¿CUÁLES SON LAS CAUSAS DEL ENFRENTAMIENTO?

Las causas por las que el abogado observa este tipo de conducta pueden resumirse en las siguientes categorías:

Defectuosa planificación estratégica del asunto: En la mayoría de las ocasiones, las actitudes retadoras para con el testigo derivan de una falta o de una defectuosa preparación del interrogatorio. Al carecer el abogado de los recursos necesarios para practicar un interrogatorio táctico bien fundamentado, el enfrentamiento se vislumbra como la única forma de extraer algún resultado positivo, y ello al considerarse que amedrentar al testigo y mostrar cierta superioridad (manifestada en estas actitudes) puede facilitar la consecución de algún resultado favorable.

Empleo de la agresividad como técnica al interrogar: En ocasiones, el abogado emplea el enfrentamiento como una táctica más del interrogatorio. En este caso nos encontramos ante un uso consciente y voluntario, realizado al amparo de una estrategia bien definida. Como veremos más adelante, esta decisión por regla general no es acertada, salvo que se emplee de forma excepcional.

Percepción errónea del testigo: El abogado, iluminado por una cierta miopía procesal, aborda el interrogatorio partiendo de una consideración muy crítica del testigo, pues lo considera un mentiroso al que hay que desacreditar a toda costa y, como afirma Baytelman y Duce, «freírlo y presentarlo al juez como un canapé». Ello conllevará a una exposición del testigo y su testimonio a un intento de humillación que sólo puede lograrse mediante el enfrentamiento buscado ex profeso.

Falta de autocontrol del abogado: El abogado carece de suficiente dominio sobre sí mismo y el desarrollo de la declaración genera estímulos que lo superan, y que provocan que surjan conductas de enfrentamiento con el testigo. En estos casos podría incluirse la actuación, nada recomendable, de actuar por frustración ante un interrogatorio totalmente improductivo, tratando de atacar sin sentido ni norte la credibilidad del testigo. Estamos, por tanto, ante una deficiencia de las virtudes de paciencia y prudencia que deben revestir el proceder del abogado.

La provocación del testigo: Como una modalidad de la falta de autocontrol podríamos incluir la respuesta emotiva del abogado a la provocación buscada a propósito por el testigo. No es extraño ver a testigos envalentonados que, conscientes de que el abogado ha perdido el control del interrogatorio, pasan a la acción provocando al abogado a través de recursos como interrupciones, sarcasmos, censuras, etc.

IV. ¿Y LAS CONSECUENCIAS?...

Por regla general, las consecuencias de esta conducta por parte del letrado durante el interrogatorio suelen ser negativas y, en ocasiones, desastrosas. Ello es así dado que un escenario de enfrentamiento abogado-testigo desviará el interrogatorio de su finalidad, y no solo no aportará nada a la consecución de sus objetivos, sino que restará credibilidad al abogado y a su línea de defensa.

A continuación examinaremos las razones por las que el enfrentamiento es desaconsejable.

Un abogado que pierda la calma durante esta fase verá aminorada la fuerza persuasiva de su defensa, ya que esta actitud se percibe por el juez como un modo de encubrir las debilidades derivadas de una falta de preparación del interrogatorio. Efectivamente, caer en conductas agresivas basadas en la confrontación y la embestida al testigo transmite generalmente carencias en los recursos disponibles del abogado para encarar este trámite, tratando, a través de una especie de imposición verbal, obtener su propósito. En estos casos, por tanto, el abogado pierde credibilidad ante el juez.

En segundo lugar, todo interrogatorio requiere de fluidez y espontaneidad en su desarrollo, es decir, que éste se practique sin interrupciones que provoquen la pérdida del hilo conductor del mismo. El enfrentamiento hará que el testigo pierda la tranquilidad y calma imprescindibles para prestar un testimonio fluido, por lo que una actitud agresiva va a dificultad enormemente dicha claridad en la declaración.

Por otro lado, la confrontación nos alejará de extraer algo positivo del contrainterrogatorio. De hecho, toda reacción a un ataque frontal va normalmente asociada a una posición del testigo caracterizada por mantener lo ya declarado en el examen directo previo, es decir, se enrocará en su testimonio anterior con más intensidad, minimizándose así las opciones de extraer algo provechoso del interrogatorio. Por el contrario, si el testigo mantiene la calma y responde sin alterarse conseguirá que su declaración sea más creíble, al tiempo, propiciará que la capacidad persuasiva del abogado se aminore proporcionalmente.

Entrar en agria discusión con el testigo provoca, ineludiblemente, una falta de atención y concentración del abogado en la propia estrategia del interrogatorio, ya que al encontrarse en una situación en la que se pierde la serenidad, el foco de atención se reduce notablemente. No es la primera vez en la que tras una contienda de este tipo puede observarse cómo el abogado necesita tiempo para recuperar el curso del interrogatorio (más aun ante la llamada al orden del juez). Esta falta de atención también podrá predicarse de nuestro auditorio, ya que la atención del juez se verá alterada y con ello el efecto persuasivo del interrogatorio.

Finalmente, el juez, que suele percibir al testigo como la parte más débil del interrogatorio, no verá favorablemente cualquier ataque procedente de quien dispone de una posición más privilegiada, lo que podrá derivar en una llamada de atención al letrado con los consiguientes efectos perturbadores para el curso de nuestra intervención.

A la vista de las anteriores consideraciones, y resumiendo, desaconsejamos el enfrentamiento durante el interrogatorio dado que:

  • Se aminora la fuerza persuasiva del abogado.
  • El abogado pierde credibilidad.
  • El interrogatorio y el testimonio pierden fluidez.
  • El interrogatorio no logra objetivo alguno.
  • El abogado, y lo que es peor, el Juez, pierden la atención.
  • Nos arriesgamos a ser interpelados por el juez.

En definitiva, el abogado pierde el control del interrogatorio.

V. REGLAS APLICABLES EN LA MATERIA

Partiendo de las consideraciones realizadas en los apartados precedentes, podemos afirmar que la regla que preside esta materia reside en llevar a cabo el interrogatorio con un hacer sereno y conciliador, evitando toda ocasión de entablar polémica con el testigo, pues el interrogatorio debe avanzar sin tropiezos y sin paradas debidas a polémicas estériles, y procede con fluidez en términos comprensibles para los jueces hacía el objetivo específico que se ha propuesto (Carofligio). En consecuencia, hay que respetar al testigo y tratarlo con cortesía y evitar que durante el interrogatorio se generen condiciones que den lugar a un enfrentamiento directo entre interrogado e interrogador. Como afirma el dicho «Hay que ser duro con el testimonio pero no necesariamente con el testigo».

Prueba de la utilidad de esta regla se constata en el respaldo unánime que los expertos en oratoria y en la psicología del testimonio otorgan a la técnica en la que el interrogador hace acopio de la empatía durante el mismo.

Empleando un proceder empático (2) , el abogado da comienzo a su interrogatorio con una actitud respetuosa y cortés, realizando preguntas que no pretenden desmentir su testimonio y que no guardan relación visible con las cuestiones dudosas (ataque lateral). De esta forma, se afloja la tensión y vigilancia del testigo, que baja la guardia alentada por la confianza y afinidad transmitida por el interrogador. En esta situación, el flujo de pensamiento y habla del testigo es mayor gracias a la confianza generada (Lanuza y Lillo), de modo que cuando el abogado da un giro imperceptible y pasa a cuestionar hechos claves del testimonio, el testigo, incapaz de detectar el ataque, está contestando a una pregunta comprometida que revela alguna incoherencia, contradicción o falsedad respecto al testimonio directo anteriormente prestado.

Igualmente, para el caso de que el enfrentamiento provenga de una actitud inicial del testigo, es decir, que el testigo sea quien con su actitud provoque al abogado, éste debe mantener el control en todo momento, pues de persistir el testigo en la provocación, será éste quien sufrirá las consecuencias de una pérdida de credibilidad ante el juez, reforzando el abogado su posición de credibilidad ante ataques innecesarios. En estos casos, el abogado, evitando toda respuesta a la provocación, impetrará el auxilio del juez (si éste no lo ha hecho anteriormente de oficio) a fin de que cesen tales conductas.

VI. EXCEPCIONES A LA REGLA

Naturalmente, el contrainterrogatorio no va reñido con una actitud seria, sólida y segura, que transmita autoridad y cierta tensión al interrogado. Incluso, en ocasiones, se permiten excepciones como el caso de abordar un interrogatorio del testigo que sabemos que está mintiendo voluntariamente y además disponemos de datos que nos permitan demostrar que el relato es falso. En tales casos, entiendo que se permite al abogado la licencia de recargar las tintas en la forma de dirigirse al testigo, pero siempre sin faltar al respeto. Como afirma Carofligio, el ataque inmediato, la manifestación directa de una actitud agresiva, por regla general, derivan en consecuencias contraproducentes; solo rinden resultados provechosos en aquellos casos en que hay datos disponibles para poder demostrar, inobjetablemente, que el relato del testigo no se atiene a la verdad: que está mintiendo o que, sencillamente, es inexacto.

Otra excepción a la regla, denominada tensión y confrontación directa, expuesta por Lanuza y Lillo (3) , se caracteriza por manipular al testigo intensificando su ira, de modo que las respuestas se basen exclusivamente en sus emociones. De esta forma, se logra un testimonio iracundo y resentido cuyo principal efecto es la pérdida de credibilidad, pero es que, a mayor abundamiento, la ira hace que el testigo hable más de la cuenta, y la probabilidad de que en tal estado alterado el testigo comience a elaborar un testimonio veraz aumenta considerablemente. No obstante, para el empleo de esta técnica hay que ser muy hábil, pues el riesgo de pérdida de credibilidad del abogado al provocar al testigo es muy alto.

VII. HABILIDADES A CULTIVAR POR EL ABOGADO A FIN DE EVITAR LOS ENFRENTAMIENTOS

Para concluir esta colaboración, que mejor que resaltar las cualidades que debe desarrollar todo abogado litigante para evitar caer en enfrentamientos infructuosos y que no hará más que mermar su fuerza estratégica y credibilidad.

1. Profunda comprensión de la naturaleza humana

El abogado interroga a personas con características muy diferentes, personas que se encuentran motivadas y condicionadas por múltiples factores que de uno u otro modo van a salir a relucir durante la declaración testifical. Por ello, si el abogado comprende la naturaleza del ser humano, capacidad a la que está obligado como humanista, más fácil le será evaluar gran parte de los aspectos y facetas del testigo que le ayudarán a extraer el máximo partido del interrogatorio.

2. Capacidad de formarse un criterio acerca de cuanto acontece en el juicio y de valorarlo sobre la marcha para actuar en consecuencia

Aquí se mezclan dos habilidades: por un lado, la atención plena que debe mantener el abogado durante el interrogatorio, de modo que debe estar pendiente no sólo de él mismo, sino igualmente del juez, del abogado contrario y de cualquier detalle a tener en cuenta para su estrategia; por otro lado, se exige una capacidad de reacción prodigiosa para evaluar y, sobre la marcha, tomar la decisión correspondiente.

3. Autodisciplina

La persistencia y la tenacidad sean cuales sean los obstáculos, es adorno del abogado, pues interrogar no es sólo acción, sino preparación y planificación exhaustiva, por lo que aquél que sea constante y disciplinado en todas estas tareas podrá lograr los objetivos pretendidos.

4. Capacidad de transmitir una impresión de autoridad

Especialmente en el contrainterrogatorio, el abogado necesita transmitir autoridad, es decir, respeto a resultas del conocimiento sin fisuras de los hechos debatidos, del testigo y del contexto en el que se desarrolla el interrogatorio. De esta forma, estará garantizado el control del testigo.

5. Maneras siempre dignas y corteses

La autoridad antes expuesta no está reñida con la cordialidad en el trato y en el respeto al testigo, regla ésta esencial para poder realizar un interrogatorio controlado, en el que el abogado y el testigo estén centrados en lo que están haciendo.

6. Personalidad marcada, que ejerza influencia sobre quien entra en contacto con él, o con ella

Relacionada con la autoridad, la personalidad marcada llama la atención y diferencia a las personas de forma favorable, máxime cuando hemos de interactuar con personas a las que hemos de extraer declaraciones que, en ocasiones, no desean llevar a cabo.

7. Renuencia absoluta a usar subterfugios y triquiñuelas

Honestidad y lealtad al interrogar, pues los comportamientos poco éticos y deontológicamente incorrectos sobran en un buen interrogador y, además, generan en el juez una percepción de falta de credibilidad.

VIII. EPÍLOGO

El enfrentamiento con el testigo, en la mayoría de las ocasiones, constituye una conducta errónea del abogado que lo situará en un escenario perjudicial para sus intereses estratégicos, sucumbiendo en unas arenas movedizas en las que se irá hundiendo ante la falta de un objetivo claro, de un resultado visible y, sobre todo, de la falta de credibilidad.

(1)

Con las debidas matizaciones, estas ideas tienen validez para el interrogatorio de la parte adversa y del perito propuesto de contrario.

Ver Texto
(2)

La empatía es la capacidad de la Inteligencia Emocional de sentir o percibir lo que otra persona sentiría si estuviera en la misma situación vivida por esa persona, es decir, es una capacidad que nos ayuda a comprender los sentimientos de los otros, facilitando también la comprensión de los motivos de su comportamiento. Ser empático, en definitiva, consiste en ser capaz de sentir las mismas emociones que el interlocutor, poder ponerse en su lugar y experimentar la situación como él la vive.

Ver Texto
(3)

LANUZA TORRES, Juan José y LILLO CAMPOS, Francisco Javier. Interrogatorio, Tecnología de la comunicación en el ámbito jurídico. Economist & Jurist. Difusión Jurídica.

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